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Brenda Quevedo, la reconstrucción de una vida entre el miedo y la esperanza tras el caso Wallace

Entre recuerdos, música, miedo y esperanza, Brenda Quevedo relata cómo imagina su regreso a la vida después de uno de los procesos judiciales más cuestionados de México y explica por qué aún teme a quienes la llevaron a prisión

Juan Carlos Rodríguez / El Sol de México

Blumi, una gatita blanca con manchas grises, recorre la sala con la autoridad de quien conoce cada rincón del departamento donde Brenda Quevedo cumple su encierro domiciliario desde hace dos años.

Salta al librero, se restriega contra una hilera de libros y, en un movimiento torpe, derriba uno de los portarretratos que decoran la pieza. Brenda se inclina para recogerlo y, por un instante, se queda mirando la fotografía.

Es la imagen de Brenda cuando tenía 24 años, antes de que comenzara la pesadilla. En aquel entonces estaba recién graduada de la Universidad Latinoamericana (ULA), comenzaba a trabajar en Londres para una agencia de relaciones públicas, tenía amigos por montones, era el orgullo de su familia y soñaba con comerse el mundo.

El caso Wallace comenzó en julio de 2005, cuando el empresario Hugo Alberto Wallace Miranda desapareció en la Ciudad de México. Su madre, Isabel Miranda Torres, sostuvo que había sido secuestrado y asesinado por una banda criminal integrada por varias personas, entre ellas Brenda Quevedo, a quien las autoridades señalaron por haber sido pareja sentimental de uno de los presuntos responsables.

Con el paso de los años, el caso se convirtió en uno de los expedientes penales más controvertidos de México. Diversas organizaciones nacionales e internacionales de derechos humanos, expertos independientes, periodistas de investigación y académicos han documentado inconsistencias en la investigación, denuncias de tortura, fabricación de pruebas y violaciones al debido proceso.

Además, la existencia misma del homicidio ha sido objeto de cuestionamientos, pues nunca se localizó el cuerpo de Hugo Alberto Wallace ni existe una sentencia que establezca judicialmente cómo ocurrió su muerte. De hecho, la desaparición de Wallace no había sido denunciada formalmente, cuando la familia de Isabel Miranda, en cuestión de horas, ya había identificado a los supuestos autores, basada en testimonios obtenidos de manera aleatoria y sin diligencias oficiales.

Entrevista con Brenda Quevedo.
Brenda Quevedo fue señalada por el caso Wallace, una investigación marcada por cuestionamientos sobre el debido proceso y la ausencia del cuerpo de Hugo Alberto Wallace. / Foto: Roberto Hernández /El Sol de México

Brenda Quevedo fue detenida en 2007, luego de que fuera solicitada su extradición desde Estados Unidos. Desde entonces y hasta 2024 fue recluida en tres penales federales de máxima seguridad, donde sufrió tortura y abuso sexual. Hasta la fecha no tiene sentencia. En junio de 2024 se le concedió seguir su proceso en arresto domiciliario. Desde el año 2020, el Grupo de Trabajo sobre Detenciones Arbitrarias de la ONU recomendó su puesta en libertad.

En junio de 2026, la Suprema Corte de Justicia de la Nación resolvió que la declaración de Juana Hilda González —considerada durante años una de las principales pruebas del caso— fue obtenida mediante tortura y ordenó excluirla del proceso. Tras esa resolución, organizaciones civiles, universidades, abogados y periodistas integraron una red de apoyo para exigir la liberación de Brenda Quevedo.

—¿Qué parte de aquella joven sigue viva?

Brenda guarda silencio unos segundos. Para responder tiene que repasar los 19 años que lleva en prisión como rehén del llamado caso Wallace, un expediente que tanto organismos internacionales, como la Suprema Corte de Justicia y universidades mexicanas han concluido que fue fabricado.

—He cambiado muchísimo. Pero creo que todavía conservo el optimismo. Siempre fui muy aventada, siempre he pensado que las cosas van a salir bien —responde con inusitada esperanza, como si no hubiera sufrido tortura sexual, como si no hubiera transitado por tres penales federales en las últimas dos décadas, como si no fuera víctima del caso judicial más torcido de los últimos tiempos.

Un caso bajo revisión por orden presidencial

El pasado 7 de julio, la presidenta Claudia Sheinbaum instruyó a la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, solicitar a la Fiscalía General de la República (FGR) un informe sobre el caso de Brenda Quevedo, cuyo proceso judicial permanece sin sentencia desde 2007, año en que fue detenida por un crimen que no cometió.

El exhorto provino días después de que organismos de derechos humanos, universidades, abogados y periodistas formaran una red internacional de apoyo para exigir la liberación de Brenda, luego de que el máximo tribunal de país resolviera que el testimonio que articulaba todas las acusaciones del caso, el de Juan Hilda González, fue obtenido bajo tortura 

—Ahora que recobres tu libertad, ¿cuáles son tus planes?

—Tengo muchos sueños, pero también me da miedo, porque sé que la gente que me hizo esto es muy poderosa. Quisiera una vida tranquila, pero temo que quieran cobrar venganza. Tengo abiertas denuncias contra los servidores públicos que me torturaron y a veces me dan ganas de retirarlas para vivir en paz.

—¿Has pensado en lo primero que harás en cuanto te quiten el localizador que traes en el tobillo?

—Quisiera ir a un restaurante y comer algo rico. Quisiera ir a un parque y abrazar un árbol. ¿Hace cuántos años que no camino descalza sobre el pasto? Me ilusiona mucho el futuro, quiero volver a trabajar, pero muy en el fondo también me da un poco de miedo no poder encajar. ¿De qué voy a hablar con la gente? ¿De mi vida en la cárcel?

En una de las esquinas del departamento de Brenda, atrás de un sillón, asoma el mástil de una guitarra, instrumento que le ayudó a sobrellevar el encierro y a soportar la frustración de ver su vida truncada debido a la fabricación de delitos, culpables y pruebas.

Entrevista con Brenda Quevedo.
Tras casi dos décadas de proceso, Brenda Quevedo dice que sueña con recuperar una vida tranquila, aunque reconoce que también enfrenta el temor de volver a empezar. / Foto: Roberto Hernández /El Sol de México

Durante sus largos años en prisión, la vida fue más llevadera gracias a la música. Aprendió a tocar guitarra y batería, con lo que pudo ofrecer algunas presentaciones en las que interpretaba música de The Beatles, el grupo favorito de su padre, el abogado Roberto Quevedo.

—¿Hay alguna canción que escuches y te remita a los años en que la vida era “normal”?

—Hay una que me gusta mucho y me remite a mi infancia. Se llama “My Sweet Lord”, de George Harrison. Cuando la escucho, me pongo como entre de buenas y nostálgica.

—¿Y alguna te causa aversión?

—Hay una que me pone muy mal, ya que me transporta a los peores momentos de la persecución. Es “Mesa que más aplauda”. Como Juana Hilda González era bailarina del grupo Clímax, los medios solían poner esa canción cuando informaban del caso. Hasta se me revuelve el estómago cuando la escucho.

¿Cómo se vive en una prisión domiciliaria?

El pasado 26 de junio, Brenda Quevedo cumplió dos años de haber recibido un cambio de medida cautelar, lo que le permitió seguir su proceso en arresto domiciliario, desde un departamento de menos de 100 metros cuadrados localizado en la alcaldía Tlalpan.

Si bien el arraigo domiciliario tiene sus ventajas —la compañía de su madre y de su mascota, la comodidad de su cama y de su sala, la posibilidad de preparar sus propios alimentos— también tiene sus desventajas, pues ahora porta una tobillera electrónica, hay personal militar afuera de su domicilio, tiene poca interacción social, no puede acudir libremente al médico, carece de empleo y sobrevive gracias a la modesta pensión de su madre.

—¿Qué es más difícil: la cárcel o la prisión domiciliaria?

—Las dos son muy fuertes. Cuando llegas a un centro penitenciario, te dan acompañamiento psicológico para manejar un poco el encierro. Pero nadie te prepara para estar preso en tu propia casa.

—¿Te afectó?

—Yo me deprimí muchísimo. La cárcel es cruda, pero tienes una comunidad, amigas, una rutina y terminas adaptándote. Ahora es un aislamiento. Ahora ya no pertenezco ni a la cárcel, ni a la sociedad. Estoy más cómoda, pero en soledad; no tengo actividades y casi no convivo con gente.

Entrevista con Brenda Quevedo.
Brenda Quevedo cumple prisión domiciliaria bajo vigilancia permanente, con una tobillera electrónica y restricciones que limitan su movilidad y su vida cotidiana. / Foto: Roberto Hernández /El Sol de México

Una persona que no conozca el caso Wallace y que vea por primera vez a Brenda, pensaría que es una mujer guapa, jovial y sana. Sin embargo, el largo cautiverio y las torturas de que ha sido objeto le han causado estrés postraumático, síndrome de depresión ansiosa e insomnio crónico. Todas ellas diagnosticadas clínicamente.

Mi terapeuta dice que siempre traigo la lágrima en la garganta”, dice Brenda. En tales circunstancias, una de sus mayores mortificaciones son las falsas alarmas que emite sus dispositivo electrónico, el cual está diseñado para sonar en dos circunstancias: cuando intente quitarlo o cuando salga de su domicilio.

No obstante, el artefacto ha llegado a sonar cuando ella está dormida, lo que provoca que todos sus padecimientos mentales estallen a un mismo tiempo. La situación se agrava cuando personal de la Guardia Nacional la llama por teléfono para verificar que no haya alguna anomalía, mientras que los elementos apostados a las afueras de su domicilio tienen la orden de inspeccionar el dispositivo.

La esperanza de lo que el futuro le depara

Pero no es la primera vez que la fuerza mental de Brenda es sometida a pruebas extremas. Una de las más intensas ocurrió mientras estaba en el penal de Tepic, cuando fue recluida por más de dos meses en una celda de aislamiento. Era un cuarto de dos metros cuadrados, sin ventanas y con la luz encendida las 24 horas.

No tenía libros, no escribía, no tenía radio, no hablaba con nadie. Pensaba que en cualquier momento iban a entrar a violarme, por lo que todo el tiempo estaba ansiosa y dormía muy poco. Fue entonces que me puse a hablarle a Dios, esa fue mi salida, hacer oración. Sólo así encontré un poco de paz. De no haber sido así, hubiera enloquecido”, platica.

—¿Qué libros te han ayudado a salir adelante?

—“La bailarina de Auschwitz”, de Edith Eger, y “El hombre en busca del sentido”, de Viktor Frankl.

—¿Has pensado en escribir tu propia historia?

—Sí. Mientras estaba en la cárcel, una tía me decía: ‘Escribe todo lo que piensas, todo lo que vives’. Le hice caso y me fue guardando los cuadernos que escribía.

—¿Qué has aprendido de ti misma, que no hubieras descubierto si no hubieras pasado por todo esto?

—La resiliencia. Uno nunca sabe qué tan fuerte es hasta que te tocan cosas extremas. Mi espiritualidad también; creo que no la hubiera desarrollado con una vida normal.

—¿Y cuál es el proyecto personal que más te dolió truncar?

—Cada vez lo veo más lejos, no quiero darme por vencida, pero me gustaría un día ser mamá. En segundo término, pues me gustaría llegar a ser empresaria.

 

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